EL REGRESO
Estoy esperando a mi mama. No alcanzo a comprender lo que me sucedió.
Vivía en el campo con mis padres y mis hermanos, en un rancho de adobe con techo de paja, rodeado de algarrobos, mistoles y chañares que daban una flor de sombra. Me gustaba pasar las siestas pachorreando y oyendo las chicharras.
Si parece como si me estuviera viendo alrededor del fuego en la sacha cocina comiendo la mazamorra y pa que voy a recordar las empanadas que hacía mi mama en el horno de barro, pa chuparse los dedos.
Por ahí escuchaba que mi mama me gritaba pa que les cebara unos mates, mientras contaba todos los chusmeríos de las comadres. No se salvaba naides, ni el alma mula.
Mi tata araba de sol a sol, pero las cosechas eran muy pobres por la sequía. Mi mama, pa ayudarlo, hacía chipacos, el olorcito a chicharrón hacía gritar la guata, y pan casero que más de uno quedaba con ganas de seguir comiendo, calentito. Mis hermanos entre correteada y escondidas traían la leña del monte, prendían el horno y, cuando estaba listo yo iba al pueblo a venderlo. A veces a pata, y otras a caballo.
En el camino me entretenía juntando florcitas y cantando. Siempre vendía todo. Volvía contenta como chinita enamorada, porque sabía que con esa plata podríamos comprar la comida pa nosotros y pa los animales.
Un día, cuando volvía, lo encontré a Juan, un chango que le ayudaba a mi tata.
Me comenzó a echar el ojo y a mí no me disgustaba, porque me contaba cosas que yo no conocía. No les dije a mis viejos, porque me mezquinaban.
Estaba bastante tiempo con Juan, que se hacía el mimoso, a mí eso no me hacía gracia. Hasta que una vez me tiró a los yuyos, me arrancó la ropa y me hizo la porquería. Yo lloraba y le pedía que me dejara, porque si me padre se enteraba lo iba a matar.
Cuando me levanté, me dijo:
¡Guay que le digas a tu tata, porque te mato, chinita desgraciada! Y ahora ¡vete!
No entendía nada, era como un diablo despistao, nunca lo había visto tan enojao.
Me arreglé la ropa como pude y llegué hecha un espantapájaro en desgracia.
En cuanto me vio, mi mama dijo: ¡Jesús santo, qué tren te pasó por encima, Rosa!
Entonces le conté lo que Juan me había hecho.
Se enfureció y gritaba: ¡Éste guaschulo piojoso, qué se ha pensao!
Y me chusjchó hasta arrancarme los pelos, mientras repetía: - ¡Nunca se lo cuentes a tu tata, porque te mata!
Me sentía tan dolorida que me fui a dormir hasta el día siguiente.
El Juan desapareció. Se fue del pueblo. Con mi desgracia a cuestas seguí trabajando.
Mi tata ni me hablaba. Algo sospechaba, porque le reclamaba a mi mama: - La Rosa anda tristona, seguro que vos le escondes algo.
Ni que fuera brujo. Sí me pasaba algo... estaba preñada de un mal parido.
Le avisé a mi mama. Después de un rosario de maldiciones, me dio un té de borraja. Como no dio resultao, me dio otro de perejil. Tampoco pasó nada. Me fajó como si me pusiera una cincha y me dijo que cuando pariera, tendría que irme de la casa.
Pasaron varias lunas de tristeza y sufrimiento que terminaron secando mi corazón. No dormía pensando en lo que haría con un hijo que no quería
.Mi mama me vichaba y me decía: - Ya te falta poco, yo te atenderé, te daré unos pesos y te irás con el bastardo.
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Se dio maña para que no estuviera naides en la casa.
– Puje, puje, puje, que ya viene saliendo. ¡La pucha, carajo! Es un machito morao. Estaba muerto, no podía ser de otra forma, nadie quería este nacimiento.
Cuando mi mama se fue, ni siquiera lloré. Era como si me hubiera sacao un peso de encima. Por suerte no tendría que irme de la casa.
Me levanté como pude, agarré una pala y lo enterré en el patio de atrás. Quedé como ánima en pena.
- Me imagino, Rosa, que lo habrás tirao en el pozo ciego pa que no lo encuentren.
- Sí, mama, le contesté sin aliento.
Pasaron como dos meses, ya me estaba olvidando de mi pena, pero un día, cuando estaban en el patio tomando mate unos parroquianos, un polecía y mi tata, uno de los perros trajo arrastrando la cabeza del muertito.
Todos quedaron estaqueaos. Ni hablaban, abrían los ojos como dos de oro; el polecía se la quitó al perro y la envolvió con un papel.
Mi tata la enfrentó a mi mama y le tuvo que contar la verdad. Si no hubiera sido por el polecía, me mataba. Me llevó a la comisaría y después a la cárcel de la ciudad donde estuve presa un año.
Hasta ahora no sé por qué.
Creo que hoy volveré a casa.
Heidi Rótulo
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