Con algunos años a mis espaldas y mucha bronca amontonada desde mi adolescencia recargada de moralidades y prejuicios pienso en lo que fue mi trayecto en eso que le llaman vida.
¡La pucha! recién a ésta altura del partido me pregunto que es este engaño miserable que por ser mujeres tenemos que pagarlos en altas cuotas de sumisión, hipocresía, privaciones y amarguras-
Me la robaron cuando era una adolescente con consejos que acepté y creí porque fui una ingenua con miriñaques y cinturón de castidad.
Me enseñaron que la vida era color de rosa y quién dijo que el rosa es el mejor?
No permitían ni que pienses, ni que elijas. Te decían “La mujer está hecha para casarse”, “al marido tienes que servirlo y esperarlo con todo listo” “ su ropa siempre tiene que estar impecable, los cuellos y los puños de las camisas almidonados” “Y si él quiere placer concédeselo cuando lo necesite” (aún a costa que pienses en Alain Delon, mientras te cogen)
Y los hijos, que es lo único que aplaudo y adoro porque desee parirlos y los amo, te ocupaban todo el tiempo. Empezabas por hacer el ajuar del bebé, cuando nacía darle la teta cada tres horas, cambiarlo cada rato, bañarlos y si era necesario no dormir porque había que cuidar el sueño de papá, porque él trabajaba.
¿Y yo, qué? Mi trabajo de madre, esposa, geisha, peluquera, enfermera, todo el tiempo no era un beneficio?
Pero bueno yo siempre fui desobediente era doméstica pero independiente, tuve la visión por suerte que nadie me mantendría y si no hubiera sido así a esta hora estoy muerta.
Me banqué de todo, un marido buen mozo, mujeriego, pegador exigente y mal parido.
Soporté sus amantes, sus vilezas, su narcisismo, sus insultos y desprecios, su ironía, sus mentiras y palizas. Su llanto de arrepentimiento desdibujado. Sus cariños ortopédicos. Sus sonrisas de máquinas en desuso, sus mimos enlatados y su mirada extasiada por Marilyn Monrroe. Sus histerias enguantadas y sus erecciones que estorbaban mis noches de descanso.
Parí, parí, parí.... y mis hijos llenaron ese espacio de mujer madre, tan amado, aún con tantos sacrificios. Pedacitos de mi alma que me salvaron de la muerte impuesta por todo lo que otros querían que yo haga.
Y así pasó la vida. Tuve la gran suerte que una de sus amantes se lo llevara, si hubiera podido se lo habría envuelto en papel celofán.
Entonces comencé la titánica tarea de trabajar en dos puestos y de las noches hacer días para ayudar a mis hijos en sus tareas escolares. Y ellos, ellos también pagaron culpas ajenas, sufrieron la ausencia de su padre, y su madre que trabajaba once horas y se acostumbraron a cuidarse entre ellos aún con el alma destrozada y la adultez de una infancia perdida.. Su madre hecha hilachas, con rostro horadado por la tristeza y sonrisas de lágrimas saladas que espantaban los curiosos.
Y llegué, llegué exhausta pero llegué, mis hijos se criaron sanos y orgullosos de su madre (que por dentro estaba hecha pelota pero de pié).
Años después apareció un hombre soltero, bueno, distinguido y con mucho amor, así formé un nuevo hogar en el que criamos siete varones (dos tuve con él)
Había armonía, cariño y respeto.
Pero la vida esa zorra destemplada, me tenía otra sorpresa desgraciada y dolorosa, con grandes agujeros negros despedazados, horroroso y delirante de gemidos y llantos de lutos sin muerto.
El Mal de Alzheimer, esa puta enfermedad que orada el corazón de toda la familia, ese enfermedad que ni aún existiendo desde hace muchos años nadie hablaba, sólo se escuchaban murmullos de suposiciones y ocultamientos encaprichados en misterios y se instaló en mi esposo y comenzó el cretino y descendente camino de la vida y yo no entendía, no esperaba, ni siquiera tenía lágrimas de tantas que gasté en mi primer matrimonio. Sola con mis hijos, sin consuelo a comenzar con los horrores de agravios psíquicos y dentelladas de un monstruo que devora todo.
¡Y eso es vida!, sí así la titulan.
Lo que nunca me enseñaron es que a pesar de tantos desgarros todavía esperas algo bueno de ese título incompleto.
Nunca nadie me enseñó que defenderse cuesta un huevo que no tengo. Que sigues viva y eres una muerta, que se te acabó la alegría, el sexo, el amor y que todos te abandonan, solo quedan tus padres, tus hijos y ocasionales amigos
Nadie me enseñó a morderme de deseos cuando recordaba días plácidos, comunes y libres.
Ni que el llanto se convierte en murmullo cotidiano. Que la guerra es únicamente tuya y que tienes que poner el pecho.
Que los hombres son exclusivos consoladores por un día de viudas, separadas y desprotegidas.
Pero aprendí que la soledad es una buena compañera, que los libros son los mejores amantes, que la música te transporta a un mundo delicioso, que los médicos te ayudan, que los amigos te quieren que las cuatro estaciones siguen su ritmo, que tus hijos te contienen y que esa persona que amas es un enfermo, que no tiene la culpa y que podrías haber sido tú.
Y, ahora descubrí que puedo resarcirme de todo lo que me faltó porque ese título del que tanto reniego no es en vano y vale la pena porque hay días de sol aún rodeada de sombras, que el cielo es tan azul como lo veo, que puedes reír aún dolida.
Y que a la estructura de tristeza la haces bolsa si piensas que el amor te espera con loa brazos abiertos.
Heidi Rótulo de Arnedo